La acelerada expansión de la inteligencia artificial está transformando los centros de datos en una de las infraestructuras más estratégicas de la economía mundial. Sin embargo, detrás del crecimiento de los servicios en la nube, los asistentes digitales y los modelos generativos, aumenta la preocupación por su impacto sobre el consumo eléctrico, las reservas de agua, las emisiones de carbono y las redes energéticas locales.
La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 485 teravatios hora de electricidad en 2025. Según su escenario central, esa cifra podría prácticamente duplicarse y alcanzar los 950 TWh en 2030, cerca del 3 % de toda la demanda eléctrica mundial. La inteligencia artificial será uno de los principales motores de ese incremento.
El aumento ya resulta visible. La demanda eléctrica de los centros de datos creció un 17 % durante 2025, muy por encima del incremento aproximado del 3 % registrado por el consumo eléctrico global. Aunque la eficiencia de los procesadores y de las tareas de IA sigue mejorando, el volumen de usuarios, consultas y aplicaciones está creciendo a un ritmo todavía mayor.
La inteligencia artificial dispara la demanda energética
Los centros de datos necesitan electricidad de manera continua para alimentar servidores, sistemas de almacenamiento, equipos de red y mecanismos de refrigeración. Las instalaciones orientadas a inteligencia artificial requieren, además, grandes concentraciones de procesadores especializados que generan más calor y consumen más energía que muchos servidores convencionales.
La concentración geográfica de estas instalaciones puede producir efectos especialmente intensos en determinadas regiones. En Estados Unidos, la AIE calcula que los centros de datos podrían representar cerca de la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica nacional hasta 2030. Esto obliga a ampliar líneas de transmisión, subestaciones y capacidad de generación en plazos que frecuentemente superan el ritmo de construcción de los nuevos complejos digitales.
Un estudio académico publicado en junio de 2026 estimó que 403 centros de datos de hiperescala estadounidenses consumieron entre 68 y 99 TWh durante un periodo de doce meses. Bajo el escenario central del análisis, aproximadamente el 54 % de la electricidad asociada procedía de fuentes fósiles. Los autores calcularon emisiones atribuibles de entre 37 y 54 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono.
Estas cifras muestran que el impacto climático de un centro de datos no depende únicamente de su eficiencia interna. También está condicionado por la combinación de fuentes energéticas de la red eléctrica a la que se conecta. Una instalación alimentada por carbón o gas puede tener una huella considerablemente mayor que otra respaldada por fuentes renovables, nucleares o sistemas de almacenamiento.
El agua se convierte en otro foco de conflicto
El consumo de agua está emergiendo como uno de los aspectos más sensibles de la expansión digital. Muchas instalaciones utilizan sistemas de enfriamiento evaporativo para mantener los servidores dentro de temperaturas seguras. El recurso también se consume indirectamente en las plantas eléctricas que generan la energía utilizada por los centros de datos.
Una investigación publicada en AGU Advances en 2026 advierte que, aunque el consumo agregado del sector puede parecer limitado frente al uso agrícola o urbano, su impacto puede ser significativo cuando los proyectos se ubican en cuencas sometidas a sequías o estrés hídrico. Los investigadores señalan, además, que la falta de datos detallados por instalación dificulta la planificación de los municipios y de los operadores de agua.
Algunos grandes centros de datos pueden consumir hasta cinco millones de galones de agua al día, una cantidad comparable con la demanda diaria de poblaciones de entre 10.000 y 50.000 habitantes. No todas las instalaciones alcanzan esos niveles, pero la comparación ilustra la dimensión que pueden adquirir los proyectos de mayor tamaño.
La Universidad de las Naciones Unidas también ha advertido que cada unidad de electricidad utilizada para entrenar u operar sistemas de IA implica efectos combinados sobre el carbono, el agua y el territorio. Su análisis calcula que la IA representó aproximadamente el 20 % de la electricidad consumida por los centros de datos en 2025 y que su participación podría acercarse al 40 % en 2030.
Las metas climáticas de las tecnológicas, bajo presión
Las principales compañías tecnológicas sostienen que están invirtiendo en energías renovables, refrigeración más eficiente, reutilización de agua, combustibles limpios y eliminación de carbono. No obstante, el rápido crecimiento de la infraestructura de IA está dificultando el cumplimiento de algunos de sus compromisos ambientales.
Microsoft reconoció en su informe ambiental de 2026 que construir de manera responsable la infraestructura de inteligencia artificial exige mayor rendición de cuentas sobre su demanda de energía, materiales y agua. El reporte corresponde al ejercicio fiscal de 2025 y evalúa los avances de la compañía frente a sus metas ambientales para 2030.
Informaciones publicadas tras la presentación del informe señalaron un fuerte aumento interanual de las emisiones de la empresa, relacionado, entre otros factores, con la expansión de los centros de datos y con cambios en la metodología de adquisición de certificados renovables. La tendencia refuerza el debate sobre si las inversiones en energía limpia avanzan con suficiente rapidez para compensar el crecimiento de la infraestructura digital.
La AIE prevé que las energías renovables cubrirán cerca de la mitad del aumento de la demanda eléctrica de los centros de datos hasta 2030. Sin embargo, el resto podría ser abastecido mediante una combinación de gas natural, carbón, energía nuclear y otras fuentes, dependiendo de cada país y de la disponibilidad de las redes.
Comunidades y gobiernos exigen mayor transparencia
La preocupación ambiental ya está generando resistencia social, revisiones de permisos y propuestas para establecer moratorias en lugares donde el suministro de agua o electricidad se encuentra bajo presión. Las comunidades reclaman conocer con anticipación cuánta energía consumirá cada instalación, qué fuentes la abastecerán, cuánta agua utilizará y quién asumirá los costos de ampliar la infraestructura pública.
En junio de 2026, Naciones Unidas impulsó una iniciativa internacional de transparencia ambiental para la inteligencia artificial, orientada a mejorar la información disponible sobre consumo energético, uso de agua, emisiones y ocupación territorial. La propuesta responde a la dificultad de comparar las cifras publicadas por empresas y países, debido a la ausencia de metodologías uniformes.
Los especialistas consideran que los informes deberían incluir indicadores comparables sobre eficiencia energética, consumo de agua, emisiones durante todo el ciclo de vida y utilización de materiales. También recomiendan evaluar las condiciones ambientales de cada territorio antes de aprobar nuevos proyectos, especialmente en zonas afectadas por sequías o por redes eléctricas saturadas.
El desafío de hacer sostenible la expansión digital
La respuesta no pasa necesariamente por detener el desarrollo de la inteligencia artificial, sino por reducir sus impactos y distribuir sus beneficios y costos de manera más equilibrada. Entre las medidas analizadas se encuentran la ubicación de centros de datos cerca de fuentes eléctricas bajas en carbono, el uso de agua reciclada, la refrigeración líquida en circuitos cerrados, la reutilización del calor residual y el funcionamiento flexible durante las horas de menor presión sobre la red.
También será determinante mejorar la eficiencia del software y de los modelos de IA. Sistemas más pequeños y especializados pueden resolver muchas tareas con menos procesamiento que los modelos de mayor escala. La eficiencia de los algoritmos, por tanto, podría convertirse en una variable ambiental tan importante como el diseño de los edificios o la fuente de electricidad.
El crecimiento de los centros de datos continuará siendo una pieza central de la economía digital. La cuestión es si su expansión podrá avanzar al mismo ritmo que la generación limpia, las redes eléctricas y la gestión sostenible del agua. Sin datos transparentes, planificación territorial y estándares ambientales comunes, el costo de la revolución de la inteligencia artificial podría trasladarse a los consumidores, las comunidades y los ecosistemas.
